TIEMPO MUERTO: Poemario (VI).- "El velador de tres patas"


Las mesas pueden tener varias patas
Generalmente tienen cuatro
Los veladores tienen tres.
Al lado de los veladores hay paragüeros de 1934
Que un payaso con fiebre
Me insinúa a robar
Las miradas son líneas de puntos
La admiración es aureolada
Por rayas cortitas
En torno a la cabeza
Huelo a café con mucho azúcar y calor
Debo quemar esta casa
Bajo las escaleras muy despacio
El aire de la noche
Miles de chispas
En mi alma cansada
Pequeños duendes
Me arrancan pedacitos de cerebro
Y los dejan caer por las aceras
Me arrancan el cerebro a pedacitos de
Desvergüenza
Alguien debería abrigarme con las hojas muertas
Ya escritas
Mi cerebro es sólo ya
Una chispita de luz azul
De luz fugaz con sabor dulzón de kif
La vida es una pipa de kif
Fumada con desesperación
Sentados en el barro de invierno
De la ribera de un río
Pueblos abajo
Barro de alquitrán y pozos negros
De tarquín
Estéfanie recuerdo tu mirada
Turbia
No puedo retrasar más el momento
Pero antes entraré a calentarme
Y me sentaré en ese velador de tres patas
Donde ese payaso no cesará de mirarme

TIEMPO MUERTO: Poemario (V).- "Dino y caballo muerto"


Yo tomo café.
Dino sujeta la bola azul de goma blanda
Mientras babea con escaso discernimiento
De qué
Conviene más. Lo que diga su amo,
El gordo argentino de cabeza cana y penosa respiración
Llamado “Platas”
¿Dino, por qué te rompiste la pata?
Dino, pelo negro, ojos negros, ano rosado.
El mejor amigo del hombre,
Que te hace buscar pelotas.
Los psiquiatras han de cargar con el estigma de poseer el mayor índice de suicidios
Detrás de los filósofos
Pero eso, Dino lo ignora.
Ya no soy consciente de mí
El clotiazepam hace el resto
Indócil y bobo
El indócel babeante de Sigüenza
¿A cuánto estará en bici?
Es una nube difícil de comprender
Éste, ése, aquél y casi ninguna excepción agonizan en una ilusión
De cobardía
¡Pero me cuesta tanto plantarle cara a las palabras!
Una nueva experiencia
¿Qué haces, Dino?
¿Todo el día tras la pelotita azul?
Méate encima
Aunque atraparla sea el momento más feliz de tu vida.
Dino morirá cogiendo la pelota que le arroja el Platas.

****

Imaginemos que digo
Que la mañana es como un caballo
Tirado en el
Suelo
Tirando espuma blanca desde la boca al
Suelo
Comiendo el bocado metálico
Chupándolo desconcertado con esa enorme lengua rosácea
Como el ano de Dino
Blanquecina
Como la cabeza del gordo Platas
La mañana es un caballo reventado
Tú no has visto esos caballos de mi imaginación
Respirando sangre, con las tripas rotas,
Tienen los cascos pintados de un negro elegante,
Bellísimo,
Esmaltado.
Tienen estribos blancos
También hay rojo (no sé dónde ahora)
Y son lustrosos y bellos
¡Son tan hermosos!
Nos hacen respirar
Ese noble aroma a caballo, que es como…
Algo así como
El cuero curtido
Aquélla muchacha quiso siempre tener un caballo
Pero se reventó con mi peso
De tristeza y clotiazepam

ESTAMPAS DE ZARAGOZA (I): "Crepúsculo"

La Seo y el Pilar desde el azud del Ebro

TIEMPO MUERTO: Poemario (IV).- "Un segundo"


Una mosca verde
Brillante
Recorre mi brazo
Buscando carne muerta donde depositar sus huevos.
Desde aquí no veo nada
Sé que el Sol está muy cerca
Un perrito negro
Con una pata vendada
Busca la pelota azul
Que le lanza su amo
Un hombre gordísimo de mediana edad de pelo blanco
El alegre perrito está indeciso
El hombre le pide al perro que busque la pelota
Mientras inclina la cabeza
Blanca
Canosa
Extrañamente rosácea dentro del miniatúrico automóvil
Los ciegos no podemos correr
Los árboles no dejan ver el bosque jamás
Al fondo de la umbría soledad
Escucho las motosierras
Aspiro el aroma a madera recién cortada
Palpo los tablones, húmedos, rugosos
Me hundo en un mar de serrín
Anoto los paralelismos
El perrito se llama “Dino”.
Dino, pelo negro, dientes blancos, sucia venda
Pelo ensangrentado
Bolas de pelo que asfixian
A los incautos buscadores
Los misioneros y los exploradores decimonónicos
Se refugiaban de la tormenta tropical bajo techados bantúes
Esa negra nube de humo
Las incineradoras de basura
El pelo quemado que se agarra a la garganta
Lodo negro quemado, cenizas negras, húmedas
Botes de plástico blanco
Con restos de etiquetas de leche
Zapatos desahuciados
Muñecas decapitadas de pelo sucio, ojos vaciados
Entre suelas de zapatillas, trapos multicolores
Indefinidos
Y ese olor a podredumbre
Desafiando toda comprensión
Bocas enormes
Toneladas de basura
Gargantas sonrientes
Sepultadas por tierra gris y cenizas, por sillas rotas, alimentos podridos
Hervidero de gusanos en la entraña dulzona del pescado
Gusanitos que, como el nombre del Maligno, son legión
Gusanitos blancos entre las burbujas del líquido
Licor filosofal que destilan en su imperturbable fábrica
De residuos lechosos, claros, pestilentes
Olor ardiente, olor acre
Libar y lavar estómagos
Con millones de litros
De agua sucia y jabonosa
De las cloacas
En que ando perdido.

TIEMPO MUERTO: Poemario (III).- "Blanco y negro"

Pelo negro
Pubis negro
Negros rizos
Venas azules bajo la fría piel
Pelo fino
Negro
Desconcertante
Sábanas silenciosas
Y el monótono chasquido del reloj
Que nos recuerda que la atmósfera huele a traición
A carne amoratada
A colmillos, a desgarros
Crueles.

TIEMPO MUERTO: Poemario (II).- "Madrugada"


Ya no importa la vulgaridad
Ni los nervios rotos, o el digestivo descompuesto
Que repaso en una interminable letanía de autocompasión.
Autocomplacencia.
En esta vacía madrugada ya sólo busco el sueño
Es como un suicidio de
prêt a porter.
Es como esperar la calma,
La pedante ataraxia,
Esa amante de billetes a escondidas
Desconocida aunque vislumbrada
Que al fin crees vas a conocer
Y nunca llega el día.
Es una vaporosa visión blanca.
Inalcanzable.
Desesperante.
Es, en suma, una situación ridícula
Un dramón de vinos, soledad, humo
Y madrugada.

TIEMPO MUERTO: Poemario (I).- "Ocho tardes de verano y suicidio"


Qué triste está una tarde de domingo de verano
Al mediodía
Cuando todo el mundo come,
Está en la piscina
Ríe su cordura
Y las cafeteras dejan escapar su acogedor aroma.
Qué triste está una tarde de domingo de verano

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Tras las nubes
He esperado una maldición de varias muertes.
He sentido los clavos de hielo
Sin tocar jamás fondo

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Sogas ceñidas como rayos
Sobre mi piel
Van gestando ansiosos corredores de humo.

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Ya no quedaba nada
Quise construir mil catedrales
De paja

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Y no dejo de oír este silencio zumbante
Este silencio agobiante
Este silencio que duele, que hace estallar la cabeza
Este silencio loco, aburrido, eterno
Sin esperanza

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Una habitación sin cuadros,
Sin muebles, alfombras ni lámparas
Una habitación sin nada
Ni siquiera telarañas
Sólo una mano de cal azul,
Agrietada.
Una habitación con puertas marrones acristaladas
Amnesiadas por el Sol.
Una habitación que te espera.

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Tu cabeza es como un mar de lágrimas
Tu rostro es un vómito blanco
Ni tus manos ni tu cuerpo aprietan nada
Estás extendida como terrones secos de una viña en septiembre
Estás adormecida
Amordazada por estampas de desengaño
Estás muerta

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Las tardes de julio
Salen las empleadas de las fábricas
A bailar con mecánicos y electricistas.
En las tardes de julio se dejan dar ahogadillas
En las piscinas municipales
Que apestan a cloro y Nivea.


THE SAILOR


LA ROCA


Al fin me hallaba frente a las Simplégades, las famosas rocas azules entre las que pasara el Argo de Jasón.
Pero estas rocas acechan y siembran su helada sombra de muerte en el mar.
Estaba claro que habían venido a buscarme.
Me senté a esperar que despejaran el camino.

ALDABA


Llamé a la puerta.
Al principio con temor, después con impaciencia.
Pero su inquilino no había hecho otra cosa durante toda su vida que esperar.